Todos los males del mundo

Dicen que está feo desearle mal a alguien. Que no se debe hacer, que se vuelve en tu contra… Pero no se me ocurre ninguna otra cosa, además de mataros lenta y dolorosamente, que desearos todos los males posibles en este mundo.

A todos, los promotores, los votantes, los que aplauden las medidas y los que justifican las reducciones presupuestarias en sanidad. Debéis ser gente muy sana, o con mucho dinero, que no tiene ni puñetera idea de lo que es no gozar de buena salud. Quizá en el colegio no os enseñaron bien (lo cual también me da para criticaros con vuestros maravillosos recortes en educación) que muchas de las enfermedades que padecemos tienen una base genética, la cual se debe a la variabilidad genética que ha permitido, a lo largo de millones de años, que evolucionemos desde amebas a lo que somos ahora. Sé que para vosotros es difícil de entender, os debisteis quedar en un escalón evolutivo inferior y la selección natural os ignoró por completo.

Gozo de lo que se considera buena salud. En realidad no, tengo más achaques que una vieja, pero de momento puedo sentirme afortunada porque no sufro ninguna enfermedad crónica ni ninguna discapacidad; pero sí convivo día a día con enfermos crónicos y con discapacitados. No se si de no haber sido así, de no haber crecido en un entorno hostil en cuanto a salud se refiere, tendría esta opinión, pero es lo que me ha tocado vivir y punto.

Leo algunos comentarios en foros, twitters, internet en general… Y me vienen a la cabeza imágenes y lecturas sobre los nazis, su concepto de limpieza social, la operación eutanasia… Y me dan ganas de que sufráis y mucho, por hijos de puta.

Mis tíos son lo que algunas personas consideran “parásitos del sistema”. Mellizos, 50 años. Pre-jubilados y pensionistas desde hace unos 12 por sufrir retinosis pigmentaria con un 92% de pérdida de visión; problemas renales (hasta el punto de tener muy presente el fantasma de la diálisis); y pérdida de audición.
La retinosis se la diagnosticaron antes de cumplir los 35 años, con un “en menos de 10 años, estaréis ciegos”. La pérdida de audición empezó a ser progresiva y a caer en picado a partir de los 40. Uno de ellos, hasta el punto de tener una sordera de un 97%… Paráos a pensar un poco en lo que os estoy contando e imaginar vivir vuestra vida como si nada hasta dentro de unos años…. En los que os encontraréis prácticamente ciegos y sordos.

Gracias a la ciencia (ejem, recortes, recortes everywhere) existe una cosa que se llama implante coclear. Uno de mis tios lleva uno desde hace menos de un año, después de casi 3 años de sordera cuasi-total. He vivido con ellos durante toda mi vida (como comprenderéis, a pesar de ser bastante independientes, necesitan ayuda para cosas que son tan rutinarias como mirar el contador del agua, de la luz, saber qué pastillas se tienen que tomar o… leer una carta). Un implante coclear, sólo el “chisme” cuesta alrededor de unos 12.000€. Consiste, a lo burro, en hacer un agujero en tu cráneo por encima de la oreja y meterte unos imanes, unos cables y un “ampli” para hacer que tu nervio auditivo vuelva a captar cositas que tu cerebro pueda interpretar. Eso es sólo el coste del dispositivo en sí; mirando precios de intervención por la vía privada y haciendo un cálculo de pruebas diagnósticas, pre-post + operación, + rehabilitación, etc; la intervención en sí no bajaría de lo 50.000€. El coste real probablemente sea mucho más, dado que padece otras patologías que habría que controlar, y bueno… Cuando se habla de la “magia” de la medicina, hacer cálculos reales me parece bastante complicado.

Mi tío está aprendiendo, APRENDIENDO, a escuchar y a oír de nuevo. No se sabe lo que es realmente tener calidad de vida hasta que te encuentras con una persona que, hace menos de un año no podía mantener una conversación con otra persona, NO PODÍA HABLAR CON NADIE POR NO PODER ESCUCHARLA, y ahora te coge el teléfono, habla contigo en un bar con ruido, escucha música o incluso te dice “Creo que te están llamando al móvil”. No os hacéis una idea hasta que no veis como cambia una persona cuando su calidad de vida da un paso tan grande.

Y eso, queridos hijos de puta, no hay dinero que lo pague. Ya sea un implante coclear, una diálisis, una silla de ruedas, una prótesis, una resonancia magnética hecha a tiempo, un quirófano disponible las 24h, servicios hospitalarios que no dependan de empresas que buscan sus propios beneficios sino en dar un servicio de calidad, un tratamiento correcto para que tu enfermedad crónica disminuya lo menos posible tu calidad de vida… Cualquier cosa que te de y te ayude a tener una VIDA DIGNA, es una buena inversión.

Porque los enfermos y los discapacitados no eligieron serlo, porque no lo son por gusto y porque no gastan “por encima de sus posibilidades”.

Porque vosotros, hijos de puta, menospreciáis la vida de las personas mientras os aseguráis tener forrados vuestros órganos de billetes morados y fomentáis que los que ya cagan dinero, lo caguen en cantidades aún más ingentes.

Por eso, hijos de puta, os deseo lo peor. ¿La muerte? Sería daros demasiado. Os deseo un cáncer de páncreas, de laringe, una leucemia fulminante, una insuficiencia renal crónica, una lesión medular, un derrame cerebral, un infarto cuando el quirófano ya haya cerrado, un cáncer de mama no cogido a tiempo… Todo eso de lo que vuestro podrido y asqueroso dinero no os pueda salvar. Una vida llena de sufrimiento y dolor, aunque siempre será menor en comparación con la gente normal, esa a la que condenáis con vuestras medidas austeras, con vuestros juegos de dominar el mundo desde las cifras del mercado.

Porque por encima del dinero, están las personas. PER-SO-NAS. No lo habéis entendido durante todo este tiempo por las buenas, así que, os deseo todos los males del mundo para que lo entendáis por las malas.

Nada

Había pensado retirarse en la casita del lago, ver terminar cada uno de sus días en el horizonte montañoso mientras tomaba una taza de chocolate caliente y comía galletas sentada en una mecedora, y oyendo su respiración junto con los sonidos del campo.

Pero estaba allí, sentada en una estación por la que hacía meses que no pasaba ningún tren, por la que hacía años que no andaba ninguna persona, y en la cual los únicos sonidos existentes eran los provocados por su estómago.

Creyó ver por el rabillo del ojo algo moverse entre las malas hierbas que creícían bajo el andén, entre las trasversas de las vías, pero probablemente sólo fuera su imaginación. No recordaba la última vez que se había encontrado con un ratoncillo. Cuando su dieta se redujo a ellos, los ratones, intentaba cocinarlos un poco, pero ya no le quedaban fuerzas para buscar algo con lo que tener fuego. Si encontraba alguno, les rompía el cuello, los despellejaba y se los comía sin más.

No sabía cuanto tiempo llevaba allí sentada, porque el tiempo ya no importaba, pero creyó conveniente seguir la marcha. No estaba segura de poder llegar hasta la siguiente estación antes de que acabara el día, pero tampoco tenía mucho sentido esperar a la noche. Ese lugar era igual de inadecuado para pasarla como cualquier otro.

Antes de continuar con su camino, llevó a cabo su ritual, sacó del bolsillo interior de la raída cazadora un trozo de papel, muy desgastado, en el que a duras penas podían leerse unas líneas escritas con letra apresurada e intranquila.

“El vaho de la ducha en el espejo mientras te duchas. El olor del champú. La suavidad de la toalla. Dártela para que te seques.
La luz del sol entrando por los resquicios de la cortina de bambú. La sombra de tus pestañas en tus mejillas. Despertarme antes sólo por el placer de verlo.
Tus besos en el hueco de mi cuello. Tu nariz detrás de mi oreja.
Tus manos en el hueco de mi espalda.
Tus comprobaciones (im)pertinentes sobre el estado de mis pechos.
El olor de la comida. Tú comida.
Tu risa. Tus ronquidos. Tus susurros. Tus chistes malos.
Tu tos. Tus estornudos. Tus expresiones.
El incienso. Las cornetas y tambores.
Batman.
Tus rizos. Tu cresta. Tu sangre.
Tus dedos. Tus pies.
Tu forma de cuidarme.
Tu forma de hablarme cuando hacía las cosas mal. Tu sonrisa cuando las hacía bien.
Tus canciones. Mis canciones. Nuestras canciones.
Hasta la eternidad o hasta que la memoria me falle.
Te echo de menos. Nos echo de menos.”

No tenía ninguna certeza de que tras las estaciones que recorriera fuera a encontrarle.

Pero atrás no quedaba ya nada, a su alrededor no había nada, si el final de su camino igualmente estaba lleno de nada, al menos, lo habría intentado.

Wake Up

6:10 a.m. Suena el despertador. Una melodía que parece sacada de la cabecera de Fringe. “Ojalá me despertara en otro universo”, piensa.
Lo apaga.
No quiere pensar.
Pero lo hace.
Como una película.
Como esa que dicen que ves antes de morir, antes de llegar a la luz del final del túnel.
Ésa.
Velocidad. Una imagen. Otra. Otra. Otra. Otra.

Empieza a subir, lentamente, desde la parte baja del abdomen, salta las vísceras digestivas con agilidad, y se instaura entre ambas hojas de la pleura, como el líquido que lubrica su fricción, presionándola a partes iguales los pulmones, el corazón y la boca del estómago.

Se queda quieta. Ella y su infección personal. Una infección que no para ningún medicamento.
Esa infección que sabe que se expande como la peor de las pandemias posibles. Lo sabe. Igual que sabe la escala de gravedad de la infección, que afecta a miles y miles de personas.

Sale de la cama.
Se dirige a la ducha.
Siente el agua caer por su cuerpo.
Se quedaría allí para siempre.
No hay tiempo.
Todo sucede deprisa, demasiado deprisa.
Desayuno.
Leer los periódicos.
Otra punzada.

La mochila.
La sudadera.
El billete.
La tarjeta de fichar.
Los cascos.
El ipod.

Y comienza la música. Lo único que puede calmar un poco esas punzadas. Lo único que la hace sentir especial . Ella elige. La banda sonora de su vida.

Es lo único que puede elegir.